Desterrado de ser,
recorrido de ausencias,
ya no se navega al infinito,
cuando se es infinito.
Revolviendo los charcos de lodo,
rebuscando entre las cajoneras,
ya no se encuentran los mandalas,
que antes adornaran las paredes eternas.
Y uno se cansa de vivir viviendo,
se cansa de los gestos de vacío,
se cansa de sostener las máscaras al mundo,
si no hay mundo.
Y cansado de morir muriendo,
uno se da cuenta, que no se puede fenecer
cuando ya se murió, desde siempre, al nacer.
Y a ver si mañana mi madre termina de parir
tanta ausencia,
del páramo deshidratado,
que son mis párpados, sin tu beso.
Y aunque con eso, ya nada quede
sabré el día de mi muerte,
que no viví, por vivir,
sino de silencios desvanecidos de presencia.
viernes, 8 de junio de 2012
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