domingo, 3 de junio de 2012

Cebando mate

En los pliegues de nuestras bastas,
guardamos el polvo de lo que alguna vez llenó de colores nuestras pupilas,
el sonido de la alegría, con el tiempo se vuelve melancolía,
y todo vuelve a quedarse en vuestros vacíos rincones.

El espacio para el hombre es la forma en que ocupa el alma de las cosas;
yo tuve espacios espacios limpios para el amor,
y oscuras cabernas para el odio,
y cuando la vida se invierte, los fantasmas llegan a hacernos compañía,
como antes felices, hoy vacíos de esperanzas.

Del espacio y del vacío, nacieron las raíces 
de los mates que cebara por las noches, como pequeños faroles de la bruma,
Y de su savia, recorrieron por mi cuerpo, para no olvidar en mi mente;
Que no se pierden las palabras de amor, solo con la muerte.

A veces la bruma escasea, y del corazón brotan oleajes de espesura,
con olas que sacuden los cimientos de las ciudades,
destruyendo las paredes del silencio
y los amantes se encuentran, para tomar un café, con bizcochito.

Otras tantas, la bruma sobreabunda y levanta muros de verdades implacables,
sitiando con panópticos las cadenas del dolor.
Pero el amor nació para ser libre, y se esconde en la vidurria de los campos,
detrás de los espigados trigos, en los riachuelos, 
como un pequeño corazón que palpita, preparando su venida.

Y así, como  relámpagos desatados; torbellinos estentóreos, 
los amantes se unen, como la miel a las yerbas, 
en el mate eterno de la vida, 
aunque lo olvidemos para vivir.

Por eso, muy profundamente,
en los pliegues de nuestras bastas,
guardamos el polvo de lo que alguna vez llenó de colores nuestras pupilas.






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