Una puerta fria,
golpea el borde de lata.
Aquel que antes fueran mil cuchillos
hoy fundidos, ya no desangran
sólo soportan el rotundo adiós
de tu mirada marchita hacia atrás.
Entonces el minutero, siempre en el mismo segmento del reloj,
pero el tiempo no se detuvo,
siguió avanzando inexorablemente hacia el vacío.
Y yo quise tocar el violín, pero quise afinarme demasiado
y la cuerda se cortó, se cortó.
Así, descendí a los infiernos, me puse los zapatos, por la ventana
la ciudad se desgranaba como una pequeña pirámide de sal.
Los colores se evaporaban, y el helado de chocolate, sabía a chocolate,
pero ya no más a mi dulce infancia.
Y ni siquiera en el metro había ya nadie que me hiciera compañía.
Y llegué, allende las cosas no tienen nombre,
me acosté
y morí.
.
...
....
......
..........
La muerte me tomó como una torta cruel de milhojas
me descosió como el otoño
y hizo descanzar.
Pero allende también sonó el ruido seco de un portón de lata
de cuchillos fundidos que sangraban
y de la muerte, del silencio,
nació la poesía,
esa bella melancólica que es una nebulosa solar,
imponente, rutilante, y progresiva,
se abrió paso como nocturnos caballos galopantes,
rechinando y moliendo las cebadas con sus herraduras,
marcando el paso de nuestros corazones,
removiendo la tierra como un sismo aéreo,
inclinando los ejes del mundo,
destruyendo los viejos castillos de soledad,
y trayendo con ellos, la buena nueva.
Y la poesía brilló, brilló,
aunque la cuerda se cortó, se cortó,
y del silencio, de nuestras conciencias,
nació una flor al borde del camino, directo al infinito.
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