
Tengo una palabra atrapada en mi espalda, no me deja de pesar. No sé si es una o muchas, pero me tiran hacia atrás, como jalando cordeles y correas con brazos de labriego, tiran para que no me escape, no reniegue, a esas palabras que no sé, pero del algún modo las conozco. De fuerzas quedan pocas, como si en cuantía hubiese una caja a la cual echar mano, sabiendo cuanto debemos sacar, o no, pero el inventario venía echo de fuera, caduco. Hoy levanto mis ojos cansados y miro el mismo panorama que veo siempre, aunque me cambien de escenario, ya sea una salita apolillada, una sala de emergencias en un consultorio enmohecido de algún pueblito que visité, o ahora donde remojo mis gargantas para pensar en las palabras que si sé, y que las uso como hormas de mis pisadas. Las uso, sí, aunque no me diera cuenta, ante las creí tan mías, sobre todo cuando amaba, cuando tomaba café con leche, o puteaba a algún weón que me quiso robar; las cosas van pasando y yo sigo aqui en 45 grados hacia mi pasado, amarrado al piso por cordeles de incertezas. Quisiera con una mano hacer un círculo místico que borrase todo lo que ha sido, y con la otra hacer la redondela que prevenga lo que ha de venir, pero hoy no tengo manos que tapen mi cara del temor, de la verguenza de ser humano. Pero todos andan en un vagón desconocido para mí, andan tan café con leche, como decía cortazar en un libro que me encontré en el parque forestal, un libro de mentira, por supuesto, porque nadie es tan weon de regalar un libro en el libro libre, ese libro siempre vuelve, ya sea con otra tapa, con otro autor o título, pero siempre vuelve a reafirmar que todo lo que se da, se hizo esperando que volviese, girando una mano, volteando otra, todo para sí; y sin embargo todos andamos en vagones distintos del mismo tren, aunque mi vagón siga atándome al piso, detrás. Hubo una vez un gran mago que vendio millones de libros, que leía el tarot, y que comparaba las posiciones budistas con los actos metafísicos de la tauromaquia; yo pensé que era un charlatán, otros días pensé que era un gran sabio; él decía que no era maravilloso, pero en sus actos a rabiar lo decía, luego comprendí que era un espejo empañado, en el cual se reflejó un pequeño farol mio, que no supe rescatar de mis heridas, pero me vino a visitar para darme fuerzas en esta incómoda situación de estar amarrado al piso, en un vagón que iba directo al infinito, aunque todos supiéramos que ninguno iba a llegar a destino. Hoy no tengo fuerzas para montarme en tigre y destruir las cuidades que tanto nos prometían, no tengo fuerzas para hacer la fila y de tirarle un pollo al cadáver de pinochet, no porque de alguna u otra forma me lo esté tirando a mí, o a esa parte de mí que detesto, sino porque la vida cansa, y cansa mantenerla en los hombros, a veces cansa incluso subir los párpados para seguir manteniendo una mentira, mirando detrás de mis ojos como se vende una mentira como completos, en un carrito de completos, en cualquier esquina, porque en todas las esquinas se escribe un alma con una queja que vender con palabras que todos quieren entender. Quisiera decir incluso que no tengo ni putas ganas de trabajarle un día a nadie, no porque esté lastimero por mi esguince existencial de la espalda, poco robustecido para hacer trabajos machistas o altaneros, sino porque no tengo ni necesito otra razón de no tener putas ganas de trabajar; mi ser es en el campo, cocinando frutos de la tierra, degustando salvias milenarias, remojando el ser en agua pluvionival, de poder dormir mis putas 8 horas diarias, porque hasta para ni eso alcanza el tiempo; no tuve tiempo para nacer, nací cuando prepararon el parto, no tuve tiempo para conocerme porque ya estaba hablandole a otros, no tuve tiempo para dormir porque ya estaba andando en bicicleta, y así, nunca aprendí a coordinar mis manos, y eso que algunas veces si pretendí, con una mano matar el mundo y con la otra crearlo nuevamente, solo para mi. ¿Me caigo entonces?, ¿Me levanto?, ¿Me dejo en la incertidumbre?, ¿o simplemente tomo las cuerdas del pesar, para con una mano enrrollar mi cuello, y con la otra desenrrollarlo, queriendo así morir para no vivir muriendo?. Para no vivir muriendo, es que no murio la cuerda que me ata a la vida (porque con esas manos dibujaba el infinito).
No hay comentarios:
Publicar un comentario