Entonces el viejo tomó un mechón de su desteñido cabello y lo arrancó de golpe. Lo amarró con un cordón de sus zapatos, y puso todo en la boquilla de una botellita de ron que había escondido en un rincón lleno de musgo de la pared, para que se conservara siempre helado, como a él le gustaba. Luego encendió un cerillo y le dió candela a su rústica lámpara artesanal, que brillaba con más nostalgia que alcohol. Se apoyó y escribó lo que hoy puede leerse en debajo de los panfletos anunciando a los grupos de moda, justo en una calle que en agosto va a dar a un puerto de Barcelona, dijo; "-Siempre lo que queda, es lo que hay, lo que duele y se actualiza. Cuando uno deja de llenarse de vida y cotidianidades, de palabras y retóricas, de movimientos, lo deja y queda lo inherte; lo propio de cada uno, es la pena del olvido. Un fuego que duerme intranquilo bajo los cimientos de la vida calma, a veces surge; todo se llena de silencio, ya no hay alegría ni pena, ni duda, ni resignación; no es un morir, por el contrario, es un ya estar muerto, un antes y despues de la rabia y la desesperación; es una carcel eterna que se actualiza en un rincón de mi pieza, esa que habito hace ya veintidós años. Luego vienen los cancerberos tibios que muerden en el instante más inesperado; yo no sé si ya he olvidado, vuelven igual, destrozando lo construído, desuniendo las cuerdas que me atan a la vida; es como si el anticosmos dictara una vuelta irrevocable hacia un estado inorgánico anterior, donde no existen las palabras, donde el hombre no es hombre, y las vasijas no son vasijas, donde los lugares no son lugares, y no puedes esconderte porque eres parte de la nada que dicta mucho más que tú, por no decirlo todo ya que las palabras perdieron su fuerza. Y así, cosa que es más terrible, las personas mueren con uno, aunque no estén muertas en la dimensión de lo real consensuado y sensible, a nivel profundo están en un constante morir, y el uno que mira y nada hace sonrie con una desesperación soterrada; mueren y no hay nada que hacer. Y uno secretamente al proceso irreversible igual tiene algo propio, el secreto, que en pequeña rebeldía frente a la existencia sobrevive, porque así lo queremos; es ahi donde se siente la pena con las venas desgarradas, los cigarros apagados en los brazos para sentirme vivo dentro de lo acontecial, los espejos de vidrio rotos con mi propia identidad, un constructo tan frágil como mi nombre. Aquí sufro, creo esperanzas de las soluciones que nunca aparecen, me lamento, estallo en rabia, tomo conciencia de mi irremediabilidad, de la falta, del espacio vacuo, pero ese vacío es un lugar lleno de la nada, que es una densa viscosidad mortuoria con dirección hacia el estallido del ser sin sonido. Hay que tener en cuenta que no habría disyuntiva tal si no se estuviera al medio, entre lo real certero, lo que quisiese que existiera, pero no es, y lo que me lleva a la muerte, aquello que es irrevocable, la muerte que arrastra con toda fuerza. No se está en una ni se muere en otra. Mientras yo que no dejo de desvanecerme, mientras mis venas al piso, rompiendo los roqueríos infranqueables del existir, intentando echar las raíces de lo que nunca dará paso a un mañana."domingo, 4 de abril de 2010
Lo
Entonces el viejo tomó un mechón de su desteñido cabello y lo arrancó de golpe. Lo amarró con un cordón de sus zapatos, y puso todo en la boquilla de una botellita de ron que había escondido en un rincón lleno de musgo de la pared, para que se conservara siempre helado, como a él le gustaba. Luego encendió un cerillo y le dió candela a su rústica lámpara artesanal, que brillaba con más nostalgia que alcohol. Se apoyó y escribó lo que hoy puede leerse en debajo de los panfletos anunciando a los grupos de moda, justo en una calle que en agosto va a dar a un puerto de Barcelona, dijo; "-Siempre lo que queda, es lo que hay, lo que duele y se actualiza. Cuando uno deja de llenarse de vida y cotidianidades, de palabras y retóricas, de movimientos, lo deja y queda lo inherte; lo propio de cada uno, es la pena del olvido. Un fuego que duerme intranquilo bajo los cimientos de la vida calma, a veces surge; todo se llena de silencio, ya no hay alegría ni pena, ni duda, ni resignación; no es un morir, por el contrario, es un ya estar muerto, un antes y despues de la rabia y la desesperación; es una carcel eterna que se actualiza en un rincón de mi pieza, esa que habito hace ya veintidós años. Luego vienen los cancerberos tibios que muerden en el instante más inesperado; yo no sé si ya he olvidado, vuelven igual, destrozando lo construído, desuniendo las cuerdas que me atan a la vida; es como si el anticosmos dictara una vuelta irrevocable hacia un estado inorgánico anterior, donde no existen las palabras, donde el hombre no es hombre, y las vasijas no son vasijas, donde los lugares no son lugares, y no puedes esconderte porque eres parte de la nada que dicta mucho más que tú, por no decirlo todo ya que las palabras perdieron su fuerza. Y así, cosa que es más terrible, las personas mueren con uno, aunque no estén muertas en la dimensión de lo real consensuado y sensible, a nivel profundo están en un constante morir, y el uno que mira y nada hace sonrie con una desesperación soterrada; mueren y no hay nada que hacer. Y uno secretamente al proceso irreversible igual tiene algo propio, el secreto, que en pequeña rebeldía frente a la existencia sobrevive, porque así lo queremos; es ahi donde se siente la pena con las venas desgarradas, los cigarros apagados en los brazos para sentirme vivo dentro de lo acontecial, los espejos de vidrio rotos con mi propia identidad, un constructo tan frágil como mi nombre. Aquí sufro, creo esperanzas de las soluciones que nunca aparecen, me lamento, estallo en rabia, tomo conciencia de mi irremediabilidad, de la falta, del espacio vacuo, pero ese vacío es un lugar lleno de la nada, que es una densa viscosidad mortuoria con dirección hacia el estallido del ser sin sonido. Hay que tener en cuenta que no habría disyuntiva tal si no se estuviera al medio, entre lo real certero, lo que quisiese que existiera, pero no es, y lo que me lleva a la muerte, aquello que es irrevocable, la muerte que arrastra con toda fuerza. No se está en una ni se muere en otra. Mientras yo que no dejo de desvanecerme, mientras mis venas al piso, rompiendo los roqueríos infranqueables del existir, intentando echar las raíces de lo que nunca dará paso a un mañana."
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